11 a Venezuela
Poco tiempo después del paro de Octubre de 1972 vino a Chile Hernán Marambio, primo
hermano de Lilianette, entonces mi esposa.
Hernán me invitó a vivir en Venezuela con la idea de desarrollar una empresa constructora
de viviendas.
Después de pensarlo invité a mi amigo Fernando González y le dije a Marambio que
estaría dispuesto a irme a Venezuela asociado con él siempre que en la empresa al menos
tuviéramos un 20% Fernando González y otro 20% mi persona.
Así convinimos y empezaron a pasar los meses a la espera de que Marambio nos hiciera
llegar las visas necesarias para ingresar a Venezuela.
El 5 de mayo de 1973 viajamos a Venezuela, mi hija Pilita, de poco más de un año, mi
esposa Lilianette, Fernando González y su entonces muy reciente esposa Julita Nicolíni.
Todos nos fuimos a vivir a un departamento en la urbanización Los Palos Grandes, en la
esquina de la Primera Avenida con la Primera Transversal, en el piso tres o cinco de un
edificio en cuya terraza Pilita me esperaba todos los días en el balcón, llena de tierra
porque la contaminación ambiental en esa esquina era considerable.
Después de algunos meses nos fuimos a vivir al edificio Tiniquijima, en la Urbanizacion San
Luis de El Cafetal, donde vivimos un año en el piso cinco y un par de años en el piso ocho,
después de lo cual nos fuimos a vivir a la urbanización Los Naranjos de las Mercedes, una
muy pequeña excelente urbanización donde alquilamos un amplio departamento en el
que se escuchaba el taconeo de quienes caminaban en el piso de arriba.
Ahí vivimos hasta que adquirí la quinta Cambridge al final de la calle Valle Alto, en Los
Campitos, en la vía lateral subiendo hacia Prados de Este.
Fernando y yo instalamos las oficinas de la empresa que creamos con Marambio en la
Avenida Libertador esquina calle La Joya, en el edificio Centro Profesional del Este, donde
estuvimos haciendo estudios para concretar algún proyecto de desarrollo inmobiliario.
Cuando llegó el momento en que nos pareció oportuno que la empresa comprara un
primer terreno para construir unos edificios, tan pronto le planteamos a Marambio el
proyecto él dijo que le parecía perfecto pero que consideraba necesario que además se
sumará a la empresa un ingeniero chileno, amigo suyo, para lo cual Fernando y yo
tendríamos que reducir significativamente nuestra participación en la propiedad de la
empresa.
Yo que siempre he sido poco tolerante me sentí estafado por Marambio y le dije que
prefería irme a la cesantía a seguir trabajando con un sujeto como él.
Fernando González no estaba convencido de que lo que hacía Marambio fuera estafarnos
pero decidió solidarizar conmigo e irse a la cesantía.
Vivía en el edificio Tiniquijima, ya con dos hijas y mi suegra, que se había venido a
Venezuela con su hijo Cristian, quien después resultó no ser tan buena gente como
parecía, por lo que concluyo que es un Marambio como todo otro.
También llegaron a vivir en la cesantía a nuestro apartamento del Tiniquijima mi hermana
Raquel, su esposo el canadiense Robert Richardson, maravillosa persona, y la hija de
ambos, Kika.
Pasé así varios meses cesante viviendo de los ingresos que generaba mi suegra Juana
Utreras Vargas mujer bella, muy sexy y agradable, inmensamente trabajadora maravillosa
y muy generosa persona.
Poco tiempo después conseguí trabajo en INVICA y menos de un mes después conseguí
que INVICA contratara como dibujante a mi cuñado, Richardson quien era un
experimentado ingeniero graduado en California.
Bob trabajó un par de meses como dibujante. Después INVICA lo contrató como ingeniero
y ahí desarrolló su experiencia en control de proyectos, especialidad en la que hizo una
muy exitosa carrera en proyectos de plantas nucleares, aeropuertos, industrias de
celulosa y otros.
Robert Richardson, además de un excelente ingeniero es sobretodo y muy especialmente
una bellísima persona, un gran amigo, un inmenso colaborador en el más amplio sentido
de la palabra.
Fernando González, entretanto, consiguió trabajo en Sivensa, una industria venezolana del
acero.
A mí me costó mucho conseguir trabajo porque tenía un currículum que estaba muy por
encima de lo que buscaban las empresas que en la mayor parte de los casos ofrecían
trabajo a personas con poca experiencia.
Afortunadamente me recibieron el INVICA donde me dieron la oportunidad de salir
adelante.
Aproveché los meses de cesantía para estudiar y revalidar mi título de ingeniero en la
Universidad Central de Venezuela.
El profesor de estructuras, ingeniero Fortoul, a quien le pedí una cita para hacerle ver que
estaba revalidando en su especialidad que también era la mía, fue como son los
venezolanos, extremadamente generoso. Entonces, a pesar de que sabía que yo era un
especialista en la materia y que no debería tener problemas, durante todo mi examen de
reválida se preocupó de ayudarme para asegurarse de que yo tuviera éxito en mi esfuerzo
por revalidar.
Dos o tres días después rendí los demás exámenes y pocos semanas más tarde me
entregaron el título de Ingeniero Civil de la Universidad Central de Venezuela